Fernández Casamayor, el primer fotógrafo minutero

Fernández Casamayor, el primer fotógrafo minutero



Jesús Hurtado/Axarquíahoy.es

Una antigua caja de madera se esforzaba por sostenerse sobre sus tres píes. De mientras, un joven veleño de nombre, Adolfo Fernández Casamayor, escondía su cabeza debajo de una gruesa tela negra. ¡No se muevan por favor! alertaba a los invitados. Sacaba la cabeza y metía con cuidado las manos dentro de la caja, donde comenzaba a moverlas como si amasara un misterio… ¡Listo ya está!  Decía…

Era una extraña ceremonia que a Adolfo le duraba unos pocos minutos y luego, surgía el milagro con la aparición de una imagen esculpida por la luz, distinta, rara, con algo especial, como si hubiera ocurrido algo con el tiempo.

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Aquello era sólo la imagen de quienes se atrevieron a participar del juego de la fotografía minutera. Era la magia de la luz, la de un misterio que científicos y brujos pugnaban por comprender muy a principios del siglo pasado.

Adolfo que había nacido en Vélez-Málaga el 28 de agosto de 1905, desde muy joven se interesó por lo novedoso del retrato. Su padre de posición muy respetada en la ciudad, ya que trabajaba en el Registro de la Propiedad, es el que le ayuda al sueño de ser retratista.

Y así, tras cursar sus estudios en el Colegio de San Francisco, a los diecisiete años, comienza a tomar conocimientos de óptica, de química, carpintería, así como de un largo etcétera propios de personajes de mente inquieta y múltiples habilidades. Su primer maestros serían A. Durante, Strachan y Aguilera, éste último un excelente fotógrafo taurino de la época.

Su carrera comenzó con algunos retratos familiares, de paisajes y calles populares de la ciudad, conventos, imágenes representativas de nuestra Semana Santa y todo aquello relacionado con lo artístico, también destacan las diferentes torres vigías de nuestra costa, un enamorado que fue de las playas de Torre del Mar, y en pequeña medida también realizó por encargo, algunos retratos de los primeros equipos de fútbol, Vélez Football Club y Antoniano Veleño.

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Con el tiempo se hizo un gran dominador de la denominad cámara de cajón y de su peculiar sistema de obturador, que le daba otras mayores posibilidades,  dimensión y limpieza a aquellas fotos que buscaban el lado artístico.

De esta manera empieza a nacer un gran fotógrafo. Personajes callejeros que sin darse cuenta, se convirtieron en artífices de importantes relevamientos antropológicos e históricos, ya que sus imágenes fueron en muchos casos, las únicas que se conservan de gran cantidad de lugares, personas y costumbres de aquel período en blanco y negro o sepia.

Hoy día Málaga presume precisamente de un importante legado fotográfico, el de Juan Temboury Álvarez (1981) y en el que una gran parte de su contenido  pertenece a fotos de nuestro paisano, de otros fotógrafos malagueños como Strachan, Guerrero,  Zubillaga así como del archidonés, José Pérez Murillas.  Todos ellos en dos etapas diferentes, fueron pasando por delante del objetivo de sus cámaras, desde los grandes acontecimientos hasta las escenas más cotidianas, sin olvidarse nunca de los paisajes urbanos y marineros o personajes importantes de aquella época.

Vista desde Santa María

En Torre del Mar fue el encargado de retratar junto a una jábega, al poeta Luis Cernuda, así también en Málaga entra en el entorno del pintor Pablo Ruiz Picasso o cubre reportajes de militares como el General Primo de Rivera en su visita de 1925 a la capital o en más de una ocasión a los marqueses de Larios.

Fuera de Málaga estuvo en la Exposición Iberoamericana de 1929 en Sevilla, ciudad a la que también retrató de muchas maneras diferentes esa bella ciudad y sus monumentos. Por esas fechas conoce a su paisano, el cantaor flamenco Juan Breva al que le retrata en una actuación en el Café del Burrero, así como en la Plaza de Toros de la Maestranza a los toreros, Gitanillo de Triana y Manolo Bienvenida (1930).

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Su amigo Juan Temboury (también fotógrafo en algunos momentos) desde los años 30 viajó con Fernández Casamayor a cientos de lugares de nuestra provincia, es por ello que fuera el veleño un fotógrafo que siempre estuvo mucho más tiempo fuera que dentro de su estudio.  Aunque la fotografía a principios del pasado siglo no daba el dinero que se esperaba, ya que un retrato estaba catalogado por su precio (entre 1 y 1.50 pesetas) como un artículo de lujo, logra trabajar también como corresponsal de prensa en varias publicaciones malagueñas y algunas de sus fotos ya se pueden ver en el Mundo Nuevo.

Tras el servicio militar que realiza en Madrid, Cuerpo de Ferrocarriles, le lleva a opositar como administrativo en la Red de Ferrocarriles Andaluces, consiguiendo plaza en Málaga.  Pese a lograr en su trabajo el puesto de Jefe de División, Fernández Casamayor siguió con la fotografía en sus ratos libres, es de ahí que con su gran colección de imágenes colabore en el nacimiento tras la Guerra del Registro Fotográfico vinculado al Archivo Municipal de Málaga.

Al morir, su legado de más de cien mil negativos pasaron a su hijo, Adolfo, también fallecido y que actualmente su repartida familia (dos esposas tuvo) están luchando por ellos en los juzgados y del que espera una feliz resolución la Diputación de Málaga, interesada en que ese archivo impresionante, con  muchas fotografías inéditas, puedan salir a luz y que  sea también, patrimonio de la ciudad y de sus estudiosos e investigadores.

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Entre esas miles de fotos, figuran imágenes inéditas y otras clásicas y populares en la historia de Málaga, Vélez-Málaga, Torre del Mar, Cajíz, Almáchar, Benamocarra, Nerja, Gaucín, Ronda o Rincón de la Victoria, entre muchas otras localidades. La Feria de Málaga, la Semana Santa y sus imágenes (muchas de ellas desaparecidas en la Guerra), escenas populares e iglesias, también tuvieron un sitio privilegiado en la su cámara.

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Esta es, la historia de un artesano de la imagen de principios del pasado siglo que falleció a la edad de 88 años en la Barriada de El Palo (14-7-93) y al que se le vio y reconoció por la calles de las grandes ciudades o recorriendo pequeños pueblos con su carro y sus cámaras de cajón. Eran mezclas de prestidigitador, alquimista e inventor. Aquellos que siempre estaban dispuestos a disfrutar de una bonita sonrisa que alegrara también a una vieja cámara un poco cansada, no sólo de trabajar, sino también de haber visto a través de sus lustrosas lentes, imágenes que después ya en nuestros días son gran parte de nuestra historia.