Todo vuelve

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A lo largo de los tiempos, el ser humano ha podido dar fe del título de este artículo. Sí, al final todo vuelve. Volvieron los vinilos, los pantalones de campana, la música de los ochenta, Ramón García para dar las campanadas, incluso muy pronto estarán juntos de nuevo los concursantes de la primera edición de Operación Triunfo.

Pero, en muchas ocasiones, lo que vuelve no lo hace con la misma forma que tuvo en su día. Un ejemplo de ello es Pokémon Go, el nuevo juego que está haciendo furor en niños y no tan niños. Muchos de los que hoy pasean por las calles buscando pokémones (sí, suena raro pero ese es el plural de pokémon) como si les fuera la vida en ello desconocen que, antes de que estos personajes invadieran nuestra ciudad, formaban parte de una serie que marcó la infancia de los nacidos a finales de los ochenta y en los noventa.

Fuimos los que sufrimos cada vez que Pikachu estaba en peligro y Jessie, James y Meowth amenazaban con hacerse con todos los pokémones. También fuimos los que coleccionábamos los tazos que venían en los paquetes de patatas y teníamos un súper álbum que completábamos con las pegatinas de los distintos pokémones. No cabe duda de que parte del éxito mundial del juego Pokémon Go está basado en la nostalgia de aquellos que veían las aventuras de Ash, Pikachu y compañía. La otra parte: la realidad que aporta el juego es sorprendente y sentirse un entrenador Pokémon motiva y entretiene.

Pero que mis palabras no os confundan. No he jugado a Pokémon Go, ni creo que lo haga, principalmente, porque la poca memoria de mi móvil no me lo permite. Tampoco creo que sea lo más normal ir por la calle capturando a todo pokémon que te encuentres, más que nada porque es mejor mirar a las caras de las personas humanas que te cruzas, saludarlas, ver el entorno que te rodea y percatarte de los pequeños cambios que experimenta nuestra ciudad. Es verdad que desde que salió el juego hay más niños y adolescentes en las calles, pero ¿de qué sirve si están pendientes de una pantalla?

Ante todo, respeto lo que haga cada uno pero debemos pararnos un momento, con el móvil fuera de nuestro alcance y reflexionar acerca del camino que estamos tomando. Abrir los ojos y empezar a ser conscientes de todo lo que pasa a nuestro alrededor.

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