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Apegos a la Poltrona

Hay quien ni siquiera necesita volver a la política ni presentarse a unas elecciones, lo designan directamente apoderado de Axaragua por obra y arte del anís del mono.

 

No existe mayor acto de sabiduría política que saber cuándo ha llegado el momento de retirarse. Se trata de un ejercicio personal muy poco frecuente entre nuestros políticos salvo en raras excepciones. Grandes estadistas han pasado a la historia precisamente por haberlo hecho. Otros sin embargo han sucumbido por completo a su enconado empecinamiento de mantenerse en el poder por no renunciar a sus poltronas.

En la Axarquía tenemos buenos ejemplos de ello. Lamentablemente hace tiempo que pasaron a ser sustantivos incontables. Nuestros políticos deberían tener fecha de caducidad, una especie de alarma sonora conectada con un resorte que apretara bien los testículos si se sobrepasa el tiempo. Deberían entender que la evolución, el cambio, la renovación y en muchas ocasiones el éxito de sus formaciones políticas está en manos de su propia generosidad pero están faltos de eso a lo que llaman “testiculina”.

Ese ejercicio de hacerse a un lado es poco frecuente y cuando sucede, la tentación de volver al ruedo suele volverse insoportable. Hay quien ni siquiera necesita volver a la política ni presentarse a unas elecciones, lo designan directamente apoderado de Axaragua por obra y arte del anís del mono. En este bochornoso asunto todos los partidos políticos de la Mancomunidad de la Axarquía se han repartido bien el trabajo. Unos han servido las copas, otros las han bebido, los menos se las han tragado como han podido;  y ustedes y yo las hemos pagado.

Pero volviendo a los apegos a las poltronas, todos los representantes públicos deberían aprender del gesto histórico de Carlos I de España, cuando decidió abandonar su inmenso poder, dividir el imperio entre sus hijos y pasar sus últimos días en piadosa reclusión en el monasterio de Yuste. La dignidad de saberse retirar a tiempo, la de echarse a un lado, es una asignatura pendiente entre la clase política que tendría que imponerse por ley porque,  incluso en el trono más alto, uno se sienta siempre sobre sus propias posaderas y es mejor bajarse a tiempo a que te empujen a hacerlo.

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