jueves 26/5/22
Fotograma de la película. Foto: Archivo.
Fotograma de la película. Foto: Archivo.

Las luces de los casinos en los que transcurre buena parte del film chocan con la sobriedad, el ritmo sosegado y el tono sombrío aplicado al desarrollo del relato. Apostando por ese contraste, Paul Schrader (Aflicción) consigue dotar al flemático protagonista de indudable interés. Inicialmente incita al espectador a especular con su oculto lado oscuro, una parcela que destapa sin demora, dejando entonces las puertas abiertas a cualquier consecuencia. De manera similar a como hiciera en El reverendo (2017), las frustraciones y un tormentoso pasado emergen a modo de delicada espoleta. No obstante, reitera en exceso las secuencias que centran la atención en las mesas de juego.

William Tell tiene en el blackjack y el póquer dos fuentes de ingresos seguras, gracias a las habilidades y conocimientos matemáticos que posee. Disfruta tanto con ello que apenas dedica tiempo a otras cosas. Durante la asistencia a una conferencia se cruza con Cirk, hijo de un antiguo compañero militar. El chico le confiesa que está planeando vengarse de John Gordo, el oficial a quien culpa del suicidio de su padre. Con la intención de disuadirle, le invita a que le acompañe unos días. A lo largo del viaje por distintas ciudades, la relación se va estrechando, aunque algo no termina de encajar.

Los primeros minutos, además de una breve presentación de este tipo solitario, metódico e introvertido, contienen unas auténticas lecciones exprés de cálculo que explican la forma de enriquecerse con las cartas. Resultan realmente complejas e imposibles de entender por quienes no sean profesionales de los naipes, pero dignas de repasar repetidamente si se desea comprobar su fiabilidad.

Asentada esta base real, a partir del momento en que une su destino al del joven desubicado, comienzan a aflorar sus viejos fantasmas. Se basta de pequeños flashes para ilustrarnos sobre las profundas tribulaciones que el exsoldado arrastra en la conciencia, a lo cual suma cierto ánimo de denuncia contra las despiadadas torturas infligidas a los prisioneros sospechosos de participar en actividades terroristas. Así, el guion descubre al perdedor que se esconde bajo el aparente ganador, empujándole hacia un camino de redención y mejora trazado con contención. El desenlace, imprevisible y contundente, queda matizado por una esperanzadora secuencia de cierre.

Oscar Isaac se mete de lleno en el papel, dotando al personaje de una mirada penetrante. Tye Sheridan y Tiffany Haddish cumplen en roles secundarios. Los tres componen un cuadro melancólico de unos seres huérfanos de afecto.

Crítica: EL CONTADOR DE CARTAS
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