jueves 26/5/22
Fotograma de la película. Foto: Archivo.
Fotograma de la película. Foto: Archivo.

Se intuye con facilidad que el potencial del libro Flim-flam man: La verdadera historia de la vida falsa de mi padre, publicado en 2005, ha sido desaprovechado por este largometraje autocomplaciente. La narración se dispersa y alarga gratuitamente con transiciones estiradas, y al centrarse en los hechos relevantes, el director, Sean Penn, parece únicamente preocupado por el lucimiento de su hija, que encabeza el reparto, y del suyo propio, olvidándose de construir una trama sólida. Al final consigue básicamente materializar esas intenciones, pero desbarata las expectativas generadas.

La periodista y escritora Jennifer Vogel cuenta como fue la convivencia con su padre, un estafador, falsificador y ladrón, que vivió siempre al borde del precipicio, mintiendo sin reparos a quienes le rodeaban. Desde niña se sintió muy unida a él, aunque por culpa del carácter inestable y manipulador de este delincuente incorregible, el vínculo afectivo acabó en una relación tormentosa que le marcó profundamente.

Sin ser lenta, la película cansa porque en muchos momentos las idas y venidas de la protagonista se tornan repetitivas. Se explaya al escenificar los aspectos dramáticos de una familia desestructurada y con escasos recursos económicos, desperdiciando las posibilidades a que se presta la oscura figura paterna.

Estructura el relato en varios episodios que van del verano de 1975 a 1995, si bien recurre intermitente a los flashbacks, reincidiendo en recuperar unos recuerdos lejanos aparentemente felices. Intenta además dotarlos de un aire poético, gustándose demasiado en esta parcela. En los últimos minutos se entona un poco más y gana algo de tensión emocional.

Pese a los limitados incentivos que ofrecen estas memorias así recreadas, debe reconocerse, cuanto menos, la pericia del cineasta detrás de las cámaras, arropado por unos departamentos técnicos solventes, donde destacan la fotografía y el diseño de producción. Evidencia su oficio prácticamente en cada secuencia, no obstante, abusa de los primeros planos.

La actriz Dylan Penn demuestra estar a la altura a la hora de marcar las distintas etapas del personaje; lo cual no evita que quede eclipsada cuando comparte la pantalla con el actor de Santa Mónica, quien flirtea con un exceso de histrionismo. Josh Brolin apenas aparece brevemente un par de veces, igual que Regina King, y la participación de Eddie Marsan (Feedback) resulta anecdótica.

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