sábado. 13.08.2022
Fotograma de la película. Foto: Archivo.
Fotograma de la película. Foto: Archivo.

La cuarta entrega de la popular franquicia que en su día cautivó a los amantes del cine de ciencia ficción, se presenta demasiado deudora de sus predecesoras; tira constantemente de nostalgia y resulta muy desigual. Antes, se debe aclarar que difícilmente podrán seguir la historia sin perderse quienes desconozcan, al menos, el origen de esta saga. Al margen de ello, funciona bien durante los preámbulos, que se extienden casi a una hora del total de los 148 minutos de metraje y donde surgen varias notas de humor. Sin embargo, superada la prometedora introducción, se estanca con idas y venidas que reinciden sobre los mismos argumentos, únicamente avivadas por la recuperación de viejas caras conocidas.

Thomas Anderson es un reputado diseñador informático y el alma mater de Matrix, el videojuego más vendido de Warner Bros. No obstante, está en tratamiento psicológico porque padece unas extrañas pesadillas que se repiten. Coincidiendo con unos fallos de programación en el famoso entretenimiento interactivo, diversos e inesperados acontecimientos le revelan que todo cuanto aparecía en sus sueños existe. Paulatinamente irá recuperando los recuerdos y tomando conciencia de su identidad: Neo, el Elegido.

La idea central no ha cambiado y su sentido metafórico sigue vigente: la alienación de los seres humanos por parte de las élites que tienen la posibilidad de manipular la realidad en beneficio propio. Manteniendo esa premisa, el nudo de la intriga simplemente le da una vuelta de tuerca a aquello que ya conocíamos con el fin de justificar las recargadas secuencias de acción, en general, no tan rompedoras ni impactantes como lo fueron sus antecesoras. De hecho, en ocasiones, el guion parece estar al servicio del repertorio de recursos infográficos que proporciona imágenes llamativas y se queda en la superficie, especialmente al resucitar a determinados personajes.

Tras agotar con los incesantes viajes de sus protagonistas de un plano a otro del universo binario, resuelve la trama con unas escenas trepidantes, pero poco estimulantes; se antojan plagiadas de los clímax tantas veces vistos en películas de zombis. Adorna el desenlace con una sorpresa adicional, condicionada por las corrientes actuales y que a estas alturas cuesta asumir.

Keanu Reeves (57) responde a las exigencias físicas, aunque no logra la química deseable con todos sus compañeros del reparto que, salvo excepciones, carecen del carisma de los anteriores. El rol de Carrie-Anne Moss, a pesar de convertirse en el motor del relato, tiene poca presencia hasta el final. No convencen Neil Patrick Harris, Jonathan Groff (el agente Smith) ni Yahya Abdul-Mateen II, el nuevo Morfeo. Equilibra el elenco la implicación de Jessica Henwick.

Incluye una especie de broma poscréditos con incisiva carga paródica.

Crítica: MATRIX RESURRECTIONS
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