domingo 23/1/22
Fotograma de la película. Foto: Archivo.
Fotograma de la película. Foto: Archivo.

La estimable ópera prima de David Martín de los Santos, almeriense de adopción, superpone al drama y a la melancolía una impronta vitalista aderezada por sutiles notas de humor. La historia, de carácter intimista, se apoya fundamentalmente en la profundidad con que describe a su veterana protagonista, cuyo periplo impulsa un camino de autodescubrimiento bien trazado. El relato se cuece a fuego lento y en algunos momentos languidece en exceso, pero logra convencernos de que nunca es tarde para liberarse de ataduras y disfrutar de la vida. La fantástica interpretación de Petra Martínez, nominada al Goya, constituye el principal pilar de este largometraje. Sus miradas y silencios resultan sumamente elocuentes de las emociones y deseos contenidos.

María emigró a Bélgica hace muchos años. Ahora, una crisis cardíaca le obliga a permanecer varios días ingresada en un hospital. Comparte habitación con la joven Verónica, recién llegada al país en busca de trabajo y con el sueño de convertirse en fotógrafa profesional. La amistad que traba con ella tendrá consecuencias inesperadas: poco después, esta abnegada esposa, madre y abuela se verá viajando a España sola, dispuesta a cumplir el singular encargo recibido de su amiga.

Se disfruta especialmente la primera parte de la película, cuando a través de esa convivencia, a priori nada estimulante, surge espontáneamente la relación entre dos mujeres de diferentes generaciones con ideas y perspectivas muy distintas. La naturalidad, el respeto y la manera en que el afecto mutuo va creciendo durante ese corto periodo de tiempo cautivan y transmiten unas espléndidas sensaciones.

Posteriormente, toma un cariz más introvertido. Se adentra en los rincones de una localidad andaluza cuya industria salinera está en horas bajas, con la consiguiente despoblación. En ese marco, salpicado de elementos costumbristas, pese a su limitado atractivo, surgen personajes pintorescos con los cuales completa la mirada desinhibida que nos propone. Además, tiene el acierto de finalizar sin sorpresas y de forma totalmente asumible. La escena de cierre resume el espíritu del film.

Otro de los puntos fuertes de esta modesta producción reside en Anna Castillo. Nuevamente su brillo y honestidad delante de las cámaras contribuyen a dotar de verdad la narración. El papel menos agradecido lo asume, con la solvencia habitual, Ramón Barea.

Indudablemente, estamos ante un debut que invita a seguir los futuros pasos de este realizador novel.

LA VIDA ERA ESO
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