jueves 26/5/22

No sólo por su corta estatura, Manolo Villa Contreras, fue un personaje especial. Tanto que su vida dio un cambio considerable cuando la familia veleña de los Heredia, y en especial Domingo Heredia Rodríguez, le brindó la posibilidad de trabajar en sus bodegas y sobre todo, recibir el cariño de la que en poco tiempo sería, como siempre afirmó, su segunda familia.

La guerra civil recién terminada dejó a muchas familias veleñas rotas y con muy pocas posibilidades o recursos para poder seguir adelante. Su padre había fallecido en ella y su madre tuvo que sacar adelante con mucho esfuerzo una casa con tres hijos de corta edad, Manolillo y sus dos hermanas Pepa y María.

Una familia muy modesta que vivió al día gracias a la ayuda de algunos vecinos, así con lo que Manolillo podía reunir haciendo de recadero con sólo nueve años o lo que recibía de sus compañeros del Frente de Juventudes cuando participaba en los desfiles que realizaban, y al que se le veía alineado en la última fila.

Se dice que la autoestima de las personas con problemas de crecimiento o sencillamente bajas se ven continuamente zarandeada de manera directa o indirecta, las personas pequeñas sin duda tienen más dificultades para triunfar a causa de los prejuicios y la discriminación con los que se enfrentan en una denominada sociedad de la altura. Sin embargo Manolillo no tuvo complejo a su pequeña estatura y menos cuando la gente se le quedaba mirando, aunque nunca supo explicar que tenía acondroplasia, un trastorno genético que le afectó al sistema esquelético y que fue la causante de su pequeña estatura.

Evidentemente por esto, fue objeto casi siempre de muchas burlas, pero su constancia y mimo en todo lo que emprendía le fue granjeando méritos para que incluso los propietarios de esta bodega veleña fundada en 1906 y hoy ya desaparecida, le dieran la oportunidad de que fuese él quién tuviera las llaves esta y que estaba localizada en el Molino Viento. Colaboraba en todas las facetas del trabajo, limpiaba, etiquetaba, colocaba con mimo las botellas y muy en especial siempre estaba pendiente del alambique, aparato utilizado para la destilación de líquidos mediante un proceso de evaporación por calentamiento y posterior condensación por enfriamiento y que tenía gran capacidad para aguardientes, coñacs, alcoholes así como de esencias que de allí salían para toda la provincia y que con su entrega y atención jamás le dio un problema. Para muchos fue un maestro a la hora de tomarle el mejor sabor al anís.

Siempre se le ha recordado por su pinta de buena persona, repartiendo los pedidos de bebidas que hacían las muchas tabernas y bares que habían en la ciudad, con su peculiar forma de andar con los talones y casi siempre en compañía de su inseparable perro de raza mastín de nombre “Catín”, al que algunas veces le acoplaba a sus costados una canastilla de mimbre para que le ayudara en el reparto o montado muy orgulloso en un pequeño carrito a modo de antigua diabla, fabricado a su medida y tirado por un burro.

Su popularidad si que creció, cuando entre las diversas marcas de coñacs y anís que elaboraba la bodega Heredia, se le diera el nombre a uno de sus anises al que le pusieron “El Enano” y que en las publicidades que encontramos de la época, especialmente en los programas de mano para el fútbol, ya aparecía con el reclamo: “Para estar fuerte y sano, beba Anís el Enano”. Tiempo después se fabricaría otros anises como el también popular “Salia”.

Como anécdota decir que algunas personas cuando le decían enano, ya fuese por su estatura o por el anís, Manolo les corregía diciéndoles que no lo era, que sólo era un tipo afortunado, muy dulce y sobre todo “profundo”. Sin duda alguna aparte de todo lo contado, muchos que lo trataron comentarón siempre que fue una gran persona. Murió a la edad de 43 años en el año 1966.

Manolillo, el rey del alambique
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