miércoles , septiembre 30 2020
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la verdadera historia de la banda de Kelly

«La verdadera historia de la banda de Kelly»: el forajido que se vestía de mujer

Justin Kurzel (MacbethAssassin’s Creed) firma con La verdadera historia de la banda de Kelly una nueva versión de las andadas del forajido más famoso de Australia con un enfoque muy personal. Un film completamente diferente a los que estamos acostumbrados, que se aleja sensiblemente de sus antecesoras. Sin embargo, la planificación y trabajo que evidencian sus loables apartados técnicos no siempre se ve correspondido por su desigual desarrollo. El ritmo narrativo va decayendo conforme transcurre el metraje, al servicio de una pretenciosidad que perjudica su interés.
Se estructura en dos partes claramente diferenciadas: la primera hora, centrada en la dura infancia del protagonista, resulta sobresaliente. Nos traslada a las tierras áridas de Victoria, donde su madre se prostituía para que los suyos pudieran subsistir. Precisamente esa figura materna será un referente que le condicionará de forma determinante, a través de una relación de amor-odio paradójicamente inspiradora de sus andanzas. En esos compases, la compañía de un veterano bandido provoca diferentes incidentes cruentos, y el relato mantiene un tono de elevado suspense.

Secuencias impecablemente rodadas y dotadas de realismo

Cuando La verdadera historia de la banda de Kelly da el salto y nos muestra al Ned Kelly que se convirtió en un proscrito, pierde fuelle y quiebra parcialmente las expectativas generadas. Se convierte en el ir y venir de un tipo frío, poco expresivo y traumatizado. Incluso se difumina la vinculación con unos ideales patrióticos que le llevaron a desafiar a las autoridades británicas ganándose cierto favor popular. La acción aparece con cuentagotas en la película, pese a que depara secuencias impecablemente rodadas y dotadas de realismo.
Su puesta en escena y particularmente la dirección de fotografía, ensalza las imágenes y los mugrientos entornos en que se mueve la historia, aspecto ya apreciable en los instantes iniciales. No obstante, algunos recursos visuales introducidos en los minutos finales se antojan chocantes y constituyen una frivolidad innecesaria.
George MacKay, fenomenal en 1917 y El secreto de Marrowbone, aquí se excede de taciturno. Intenta transmitir sus aflicciones con miradas y gestos pero nunca lo logra plenamente. Mucho mejor está el pequeño Orlando Schwerdt encarnando al bandolero durante su niñez. Ahora bien, si alguien merece un reconocimiento singular, esa es Essie Davis, quien compone un personaje de ricos matices dramáticos con una consistencia que traspasa la pantalla. Russell Crowe y Charlie Hunnam lucen como secundarios de peso. De hecho, la cinta se resiente de su desaparición. Todo lo contrario sucede con Nicholas Hoult en un rol mal definido.
J.A. Díaz

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