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Manolillo, el rey del alambique

No sólo por su corta estatura, Manolo Villa Contreras, fue un personaje especial. Tanto que su vida dio un cambio considerable cuando la familia veleña de los Heredia, y en especial Domingo Heredia Rodríguez, le brindó la posibilidad de trabajar en sus bodegas y sobre todo, recibir el cariño de la que en poco tiempo sería, como siempre afirmó, su segunda familia.

La guerra civil recién terminada dejó a muchas familias veleñas rotas y con muy pocas posibilidades o recursos para poder seguir adelante. Su padre había fallecido en ella y su madre tuvo que sacar adelante con mucho esfuerzo una casa con tres hijos de corta edad, Manolillo y sus dos hermanas Pepa y María.

Una familia muy modesta que vivió al día gracias a la ayuda de algunos vecinos, así con lo que Manolillo podía reunir haciendo de recadero con sólo nueve años o lo que recibía de sus compañeros del Frente de Juventudes cuando participaba en los desfiles que realizaban, y al que se le veía alineado en la última fila.

Se dice que la autoestima de las personas con problemas de crecimiento o sencillamente bajas se ven continuamente zarandeada de manera directa o indirecta, las personas pequeñas sin duda tienen más dificultades para triunfar a causa de los prejuicios y la discriminación con los que se enfrentan en una denominada sociedad de la altura. Sin embargo Manolillo no tuvo complejo a su pequeña estatura y menos cuando la gente se le quedaba mirando, aunque nunca supo explicar que tenía acondroplasia, un trastorno genético que le afectó al sistema esquelético y que fue la causante de su pequeña estatura.

Evidentemente por esto, fue objeto casi siempre de muchas burlas, pero su constancia y mimo en todo lo que emprendía le fue granjeando méritos para que incluso los propietarios de esta bodega veleña fundada en 1906 y hoy ya desaparecida, le dieran la oportunidad de que fuese él quién tuviera las llaves esta y que estaba localizada en el Molino Viento. Colaboraba en todas las facetas del trabajo, limpiaba, etiquetaba, colocaba con mimo las botellas y muy en especial siempre estaba pendiente del alambique, aparato utilizado para la destilación de líquidos mediante un proceso de evaporación por calentamiento y posterior condensación por enfriamiento y que tenía gran capacidad para aguardientes, coñacs, alcoholes así como de esencias que de allí salían para toda la provincia y que con su entrega y atención jamás le dio un problema. Para muchos fue un maestro a la hora de tomarle el mejor sabor al anís.

Siempre se le ha recordado por su pinta de buena persona, repartiendo los pedidos de bebidas que hacían las muchas tabernas y bares que habían en la ciudad, con su peculiar forma de andar con los talones y casi siempre en compañía de su inseparable perro de raza mastín de nombre “Catín”, al que algunas veces le acoplaba a sus costados una canastilla de mimbre para que le ayudara en el reparto o montado muy orgulloso en un pequeño carrito a modo de antigua diabla, fabricado a su medida y tirado por un burro.

Su popularidad si que creció, cuando entre las diversas marcas de coñacs y anís que elaboraba la bodega Heredia, se le diera el nombre a uno de sus anises al que le pusieron “El Enano” y que en las publicidades que encontramos de la época, especialmente en los programas de mano para el fútbol, ya aparecía con el reclamo: “Para estar fuerte y sano, beba Anís el Enano”. Tiempo después se fabricaría otros anises como el también popular “Salia”.

Como anécdota decir que algunas personas cuando le decían enano, ya fuese por su estatura o por el anís, Manolo les corregía diciéndoles que no lo era, que sólo era un tipo afortunado, muy dulce y sobre todo “profundo”. Sin duda alguna aparte de todo lo contado, muchos que lo trataron comentarón siempre que fue una gran persona. Murió a la edad de 43 años en el año 1966.

Sobre Jesús Hurtado

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